La arquitectura y sus secretos

Por Estela Ferrer.

Al interior de las dinámicas cambiantes del arte contemporáneo la pintura aún cosecha adeptos, sobre todo en la Mayor de las Antillas y entre los jóvenes creadores. En este camino, entre los desafíos que presenta el hacer pintura y paisaje en la actualidad se inserta la poética de Ernesto Gutiérrez Moya. En sus piezas, las sombras logradas a través de las rayas superpuestas hechas a plumilla, el color pensado, y la fluidez de los elementos convocan a una aventura visual, al disfrute del goce estético que se ofrece al espectador como resultado de los artilugios de su dibujo. Moya abraza las subversiones formales y compositivas en una estrategia arriesgada que persigue ofrecer un paisaje final desprovisto de ataduras, conformar un canal de formas donde nos adentramos en un mundo trazado a mano e hilado en su mente como fruto de su fértil creatividad.

Si se aprecia su trabajo en conjunto, entonces, se hacen claras las influencias de creadores tales como: Philip Guston y Giorgio de Chirico. Del primero, la evolución hacia una pintura cercana a la historieta, muy evidente en la importancia que posee la línea en sus trabajos y de Chirico una concepción inusual de la arquitectura que pasa por el carácter extraño y atemporal de los espacios arquitectónicos; elementos que convirtieron al artista en un representante de la pintura metafísica y un antecedente del surrealismo. 

Unir el dibujo a la pintura es uno de los propósitos de Moya. Se hace evidente, sobre todo, en el carácter dúctil y mínimal de sus soluciones formales, desprovistas de grandes recargamientos donde un horizonte se reduce a una línea y un conjunto de trazos realizados con pluma azul, las paredes se delimitan mediante rayas aplicadas con diferentes valores y la figura humana ─casi siempre ausente─ se convierte en pequeños puntos.

El elemento usado en cada caso: curvas, puntos, contrastes, son sólo los necesarios para dar corporeidad a un paisaje que se revela íntimo y con aires de lirismo. A ratos se hace cercana la referencia al dibujo animado, en la recreación de un espacio utópico. Confluyen en su trabajo dos elementos visuales importantes para dar organicidad a la composición: la expresividad de la línea y lo arquitectónico.

Moya parte, a veces, de espacios reales y desde esa base estructura nuevos universos ficcionales, íntimos, producidos por su inquieta personalidad. Es en este punto donde lo abstracto se hace más evidente en su discurso. En el proceso de recepción, el que mira debe descubrir el puzzle planteado mediante los volúmenes, el quiebre de las líneas, las provocaciones del color y completar con su experiencia lo que observa porque el artista nunca va a revelar del todo su fuente de inspiración. 

Son espacios incógnitos como planteara Michel Pérez ─en palabras previas─ donde el cielo puede ser lateral o la sombra usurpar el lugar de la luz como se aprecia en la serie Aquí pasa algo raro. Transforma el artista el orden natural de los elementos, la sucesión verdadera de los fenómenos y al adulterar el canon, se aproxima a una sensibilidad distinta de la re-presentación de lo vivo y su ciclo vital. Es interesante apreciar cómo el creador se las ingenia para que todas las acciones que ocurren en las piezas sucedan al unísono. Esta simultaneidad evidencia cómo se produce una alteración del tiempo lineal, cómo  fabrica para este universo otras dinámicas. 

Dentro de esa utopía que va y viene, descansa o se impone en múltiples poéticas contemporáneas, encuentra el artífice regocijo, libertad creativa y una fruición inmensa, manifestada en sus elecciones de la gama cromática. No es la suya una desobediencia a capricho de los códigos realistas, más bien es la urgencia por narrar desde un lenguaje más fresco e informal los paisajes oníricos producidos por su mente donde un salto de agua, un conjunto de columnas y un viejo horcón poseen un alto nivel connotativo.

Ernesto Gutiérrez Moya ha aceptado el reto: adentrarse en el complejo mundo de la pintura, y va poco a poco sorteando sus entuertos. Sus Estudios muestran precisamente esa búsqueda, indagaciones que lo conducen a materiales como el acrílico y los plumones, estos últimos tan frecuentes en los cómics. Se decanta Moya, entonces, por dos cauces temáticos: lo orgánico y mutable, y la infinitud de los espacios utópicos. Entre ambos caminos toman sentido y aliento sus creaciones que sin dudas constituyen una verdadera aventura plástica.

La arquitectura es representada desde encuadres cerrados, como si tomara un lente 50 y saliera a caminar por la calle reduciendo con el objetivo cada pedazo de realidad. La lluvia sobre las superficies cual espejo, expresión de movimiento o espacio es frecuente en sus escenas y siempre el fondo queda en segundo lugar. El imperio de los volúmenes absorbe el protagonismo. El color se aplica en favor de propiciar los contrastes, de comunicar la sensación de fluidez, calor, vida. Supongo que podría decirse que Ernesto es uno de esos artistas extraños, esos emigrantes ─y no me refiero al viaje físico ya que reside actualmente en Estados Unidos─ que conciben un universo para sí mismos dentro o fuera del caos citadino, un espacio de complacencia, sin grandilocuencias, para intentar descifrar el más profundo de los enigmas humanos: la creación y los misterios que entraña su belleza.